viernes, 4 de abril de 2014

El Hombre Dividido - Serie Breve 4

(Relato corto sobre la vía íntima)



A veces, cuando hablo, tomo repentina conciencia de que las palabras que pronuncio no son mías. Sino, que emanan de miles de gargantas que gritan al unísono atravesando mi boca. Por ella, emerge un sonido contrahecho y grotesco, una lengua de bestias. Estas criaturas, que habitan mi laringe y otras regiones de mi ser, actúan sin escuchar a sus semejantes. Como si fueran sordas. Estoy seguro, que cada una de ellas habla un idioma sustancialmente distinto.

Pero lo más notable, es que inmediatamente después me invade otra sensación: de que casi todo lo que digo y escribo es pronunciado o dictado por esta multitud heterogénea, disgregada e incapaz de entenderse a sí misma. Entonces, caigo en la cuenta de que mi voz sólo la he escuchado en contadas ocasiones y casi en ninguna le he prestado atención. Mi discurso es una composición colectiva, a la vez arbitraria y caótica, cuyos párrafos han sido escritos por cada uno de los incomunicados seres que he sido.

Más, cuando estos pensamientos me atormentan durante días y me desborda la angustia por el anhelo de encontrarme a mi mismo, he tenido la suerte de que por la acción misericordiosa de la Providencia Divina, atraviesa esta multitud desarticulada una procesión silenciosa de enmascarados, que van sumando a sus filas a los que encuentran a su paso. Su número crece hasta que todos se unifican tras las máscaras y las innumerables gargantas enmudecen. Entonces, la débil y lejana voz de mi Ser, que habita en las profundidades abisales de mi alma, se hace escuchar en la superficie.

Pero más me apena todavía, cuando esta procesión cesa, y las bestias internas que habían sido unificadas, regresan a su estado absurdo e inconexo. Porque ya, no sólo pierdo la claridad de la voz profunda, sino que mis pensamientos se vuelven igualmente vulgares y torpes. Es quizás aquí, cuando veo que mi existencia es sólo una contradicción permanente. Más desdichado espectáculo, aún, es observar lo mismo en mis semejantes. Oh hombres, que gran cantidad de recursos han sido puestos a nuestro alcance, que dones y que bienes mas preciados nos han otorgado. Pero nuestras luchas intestinas, no hacen más que impedir que alguno de ellos nos sea de provecho. Porque nuestra voluntad se envilece y se desmorona. Se fragmenta y se diluye. Desaparece como una tormenta que pierde fuerza mientras sus nubes se dispersan y sus vientos se agotan.

Este caos, es el infierno que nos gobierna. El tirano que nos explota y que nos opone a nosotros mismos. Acaso, no sucede dentro nuestro lo mismo que le sucede a natura. No lucha ella contra sí misma, y sin embargo, natura nada pierde. Pero al hombre, a diferencia de natura, lo consumen sus conflictos internos. Lo vuelven desgraciado ante las puertas de la felicidad. Ha de ser esto señal clara de que el hombre no pertenece a este mundo. Porque en él mengua, en vez de crecer. En él muere, en vez de vivir. En el se divide, en vez de unificarse.


Nicodemo


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