martes, 12 de agosto de 2014

El martinismo, una transmisión de maestro a discípulo - Serie Breve 20




El martinismo, desde sus comienzos en el siglo XVIII, se ha propagado de maestro a discípulo. Resulta ser la escuela más difundida de occidente que ostenta esta peculiar característica. Por supuesto, que su forma de traspasar el conocimiento no es caprichosa, sino que está estrictamente vinculada a la esencia de la vía íntima. El martinista es el iniciado solitario, que trabaja afanosamente en su oratorio particular para la realización de la Gran Obra. Heredero de una de las líneas de la tradición rosacruz, es el guardián del cristianismo íntimo. En su morada espiritual reposa el misterio que lo conduce a encontrar, dentro de su corazón, la Unidad de los infinitos planos de la Creación. Al tratarse de una vía profundamente interna y mística, su transmisión debe revestirse de elementos afines. El sentido de una iniciación que comunica tales conocimientos, lejos está de mezclarse con la obediencia hacio lo corporativo, con lo dogmático, con lo especulativo y con lo meramente simbólico. La iniciación martinista es una catarsis que pone al iniciado ante la posibilidad de realizar, en su oratorio, una comunión íntima e indisoluble entre su esencia y su conciencia. Un Filósofo de la Unidad es aquél que no sólo es capaz de encontrar la puerta del Santuario, sino que además, posee la llave para abrirla.


Este trabajo personal, inefable e indelegable en el oratorio, resulta central para la realización espiritual. Es por el fruto de esta labor que se accede a la experiencia mística, a la teogonía, a la conciencia crística. Por la meditación, el iniciado encuentra el conocimiento de sí mismo y a través de la plegaria, se pone ante la presencia divina. El martinista lleva adelante una práctica regular en su oratorio particular. Tales experiencias requieren de un mentor que lo asesore adecuadamente. Es en éste punto crucial, dónde el guía o maestro se vuelve indispensable. La comunicación de la praxis y el consejo al discípulo, son actividades irrenunciables para los herederos del Filósofo Desconocido. El martinismo es una vía que no puede abandonar jamás la forma de transmisión de maestro a discípulo, sin perder el oratorio particular, que es su único método de realización.

Es así, que para que exista verdadero martinismo, es necesario una comunicación continua de las enseñanzas del maestro al discípulo. El ritual de iniciación marca el comienzo de un vínculo vivo y único entre el mentor y el estudiante. Es verdad, que cuando se trabaja en grupo, el maestro iniciador suele delegar la orientación de los principiantes a otros estudiantes más avanzados. Sin embargo, nunca deja de supervisar tanto al guía designado como al alumno. Por estos motivos, a los efectos de considerar la realización espiritual, todo trabajo grupal, como por ejemplo la estructura de orden, es accesorio y optativo. Nunca es necesario. Cuando vamos a la esencia de la vía, vemos que ella siempre se reduce a una transmisión de maestro a discípulo. No necesita de complejas jerarquías, ni de organizaciones gigantescas a nivel mundial. Basta con que se comunique la enseñanza y el consejo sobre la práctica del oratorio.

¿Que sucedería si una línea martinista, cuyo linaje fuera legítimo, hubiera decidido realizar  sólo trabajos grupales y sus miembros suspendieran sus oratorios particulares? Es evidente, que se trataría de una derivación hacia una especie de orden paramasónica, que sólo conservaría una identificación discursiva, simbólica y completamente externa con el martinismo. Una organización semejante, asumiría las formas, pero carecería totalmente de la esencia espiritual que se encuentra en el oratorio. Lamentablemente, habría sido despojada del mecanismo que le permitiría al iniciado operar la Regeneración. 

En cambio, si una escuela martinista decide abandonar la estructura organizativa de orden, la cual es puramente externa, pero sus miembros continúan trabajando en el oratorio, seguiremos estando frente a verdaderos martinistas. Porque el trabajo particular y la guía del mentor al alumno se mantendrían intactos. Esto nos hace reflexionar sobre la importancia capital del oratorio en el martinismo y que, pese a las múltiples formas organizativas que existen, la única transmisión real en esta vía, es la de maestro a discípulo.


Frederik


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