sábado, 3 de enero de 2015

Los Hombres Simbólicos en el Martinismo - Serie Simbólica 26

(VI. Conclusión)



Convengamos que los distintos estadíos simbólicos en el hombre, a los que hicimos referencia anteriormente, no se producen a raíz de una modificación decisiva; ya que no se puede decir, exactamente, dónde empieza ni termina dicho estadío.

Podemos citar como ejemplo, lo que ocurre durante el crecimiento de un árbol; desde el proceso de germinación hasta su total evolución.

Generalmente, existe una confusión en todos los simbolismos, que lleva a distintas interpretaciones. De modo que, intentaremos brevemente mencionar y también, aclarar algunas ideas.

Asimismo, todo hombre natural puede ver realizada en su vida material el ejemplo del árbol citado.

Debemos distinguir que los órdenes mencionados son de naturaleza temporal y siempre en concordancia con este mundo. Lo cual no nos brinda ningún tipo de certeza sobre el desarrollo interior o iluminación del alma humana, que es en verdad nuestro objetivo real. Sí nos habla de un curso natural que, en el mejor de los casos, nos eleva de forma personal hacia una vida intelectualmente honesta y una moral acorde a los hombres y mujeres de bien. Pero cuyo deseo de superación está siempre supeditado a la naturaleza mundana. Y al mismo tiempo, este ciclo vital tiende a cumplirse en todos los hombres por igual, sin tener en cuenta el estilo de vida o pensamientos que cada cual exprese, sienta, etc.

Por ende, no podríamos finalmente encontrar una vía dirigida hacia la verdadera evolución del espíritu humano, si no existiese antes, un germen deseoso de volver hacia su misma naturaleza espiritual. Por el contrario, nuestra racionalidad, busca desarrollarse sólo en el ámbito material, tal como es el caso de los hombres del torrente. Encontrándose en este estado de consciencia el deseo de germinar dentro de su misma naturaleza material. El problema reside cuando se construye en lo material un culto que pretende y logra imponerse como espiritual.

El simple hecho de vivir nuestra vida mundana, no ejerce de por sí ninguna presión sobre el despertar del alma a la vida espiritual, quedando ella siempre bajo condición de durmiente en este sentido. Porque el despertar suele observarse en el deseo luminoso; que el Espíritu Santo trae a la consciencia del hombre, quien se encuentra impelido a buscar y encontrar esta luz dentro de su propio terreno caído. Es el tiempo quien puede acompañarnos en este acontecimiento, siendo para nosotros una necesidad y un espacio en el que debemos aprender a economizar nuestros recursos para procurar un equilibrio íntimo que permita finalmente el despertar. Hablamos de ir despojándonos del despotismo y la opresión tirana de la egolatría, que en mayor o menor parte hemos concebido, para dar paso entonces al nuevo día y a la nueva luz. Estas son las Buenas Nuevas que el hombre desea recibir siempre en su corazón.

Es por ello, que solemos hablar de la intensión o el deseo que nos lleva a movilizarnos, dejando en segundo lugar el movimiento en y por sí mismo. No importa tanto si nos movemos, sino hacia dónde y con qué finalidad lo hacemos. Porque no se trata de querer tan solo buscar y llegar a conocer las regiones del alma, sino el por qué deseamos encarar esa búsqueda. En esta simple cuestión se haya el germen desde el cual todo tomará forma.

Cabe aclarar que no deben confundirse los estadíos más arriba mencionados como correspondiéndose con cada uno de los grados brindados por el Martinismo. Es decir que, no significa que quienes avancen en cada uno de los tres grados que el Martinismo posee (filosófico, místico y superior) alcancen el despertar consciente del misterio que cada uno de los grados pretende develar. Digamos que el carácter brindado es siempre simbólico. Su carga intencional influye anímicamente para procurar despertar al iniciado dentro del carácter ideal que estos símbolos encarnan.

El Martinismo es una de las tantas vertientes que procura hacer que cada persona se encuentre a sí misma en la Luz y en la Sabiduría de Dios. Se trata de un medio para alcanzar algo superior.

Los hombres simbólicos con sus tres estadíos procuran demostrar, de alguna manera, los sucesos que el alma y la personalidad deben transitar en la búsqueda de su regeneración. Ellos nos sirven tal como opera un índice al buscarse algo específico en un libro. Y como “el hombre es el libro que Dios ha escrito con su propia mano” según lo describe Saint Martin, este índice o símbolo trino, debe servirnos como guía para encontrar aquello que con tanto ardor no dejamos aún de buscar.


Tomás


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