martes, 27 de mayo de 2014

Los Hombres Simbólicos en el Martinismo - Serie Simbólica 11

(II. El Hombre del Torrente)

 

 

La mirada que Saint Martin brinda sobre el hombre, tal como lo expresa en su libro Ecce Homo, aporta a nuestros pensamientos un claro paisaje de nuestra condición humana. De hecho, con este título, lo define con todas sus miserias y carencias particulares. Reflejando por un lado el verdadero estado en el que la humanidad se haya en este mundo, mientras que al mismo tiempo, y por defecto, retrata a cada miembro de esta misma humanidad como un ser inconsciente de su realidad y verdadero destino, al encontrarse apartado y moribundo de su vida espiritual.

Así, en tanto el hombre se encuentre únicamente vivo en su mortandad, llevado de un lado hacia el otro por las pasiones y torbellinos de su pensamiento, no podrá más que experimentarlo todo según las formas y las manifestaciones exteriores. Aquellas que se formulan en un constante y eterno cambio.

Entonces, mientras el Hombre del Torrente considere que piensa por sí mismo -es decir que por sus propios y únicos medios-, no hace otra cosa que unirse al discurso exterior de todas las cosas, ya que le resulta imposible percibir al mundo en el que yace bajo otra forma. Sin tampoco descubrir aún que la naturaleza en la que él se expresa es muda, aunque ruidosa hasta el aturdimiento.

Este hombre se encuentra usualmente movilizado por mecanismos que se muestran bajo una artificial cosecha de bonanzas, a pesar que sus raíces y frutos difícilmente sean alcanzados y/o conocidos. Esto es porque rara vez el Hombre del Torrente se preocupe por descubrirlos. Le es bastante y suficiente el mundo sensible que resistivamente se le presenta, y al que se empeña por conquistar y dominar mediante el análisis y la fuerza.

Además suele tener sobre sí mismo una alta estima, colocándose por sobre todas las cosas. Sin darse cuenta que esta estructuración que para sí ha formado, lo esconde del verdadero Ser que, siendo su principio y origen, debería estimarse por sobre todos los seres y por sobre todas las cosas. Ser supremo que por su soberbia desestima y aun burlonamente descree. O al que otras veces supone representar a partir de una investidura mundana y simbólica. Él esconde de otros sus flaquezas, sus carencias y necesidades, mostrándose a todos autosuficiente, y esbozando ante la sociedad su carácter dignatario y su corazón servil. Ya que ello sienta muy bien sobre el aprecio ajeno, además de engordar su egocentrismo bajo una aparente humildad que él mismo cree tener.

Cuando el Hombre del Torrente adquiere cierto poder temporal sobre el aspecto material, su ego lo absorbe por completo, sin dejar de contemplarse victorioso y feliz, como si ya de nadie más necesitase. En cambio cuando la miseria temporal lo reviste, su ego es absorbido por la flaqueza y la desesperanza, llevando a muchos hombres al borde del suicidio y la locura.

Esto es porque la vara que alcanza, y con que mide sus actos, tiene un valor únicamente material y mundano, volviéndose entonces a sí mismo una presa fácil del círculo fogoso y ardiente de esta naturaleza que hace a los seres girar incansablemente hacia ningún destino fijo. O, en tal caso, su fijación es exclusivamente material, cuya ley no es otra que el cambio continuo.

Pero el mayor peligro no se ubica en los ríos materialistas en que este Hombre es arrastrado, sino en aquellos del pensamiento en donde su ser sufre y es verdaderamente atormentado.

Si tan solo un instante lograra mirarse en su propia imagen sin esconderse en nada de lo que allí ve, este Hombre tomaría su existencia con mayor prudencia, comenzando probablemente a sentir que la vida adquiere otros sentidos que, hasta el momento, no había logrado descubrir ni presentir.

Pero como los hombres rara vez se proyectan a sí mismos sin esconder sus propias miserias, -inclusive en su propia intimidad, y que de alguna vez haberlo hecho ha quedado esto en el olvido-, Aquél a quien Dios envió en su nombre como Nuevo Hombre, se colocó frente a todos mostrando el verdadero estado que la humanidad posee y presenta. Un estado que, en su figura, nadie puede decir nunca haber visto ni observado. Condición humana que ya no puede estar por siempre escondida, en tanto que el Nuevo Hombre la ha confesado abiertamente, diciéndose de Él al universo terrestre: ¡Ecce Homo!. ¡He aquí el hombre, obsérvese su condición!

Con esta figura delante suyo, el Hombre del Torrente debería sentir, en alguna proporción, un movimiento que lo induzca hacia la reflexión y el auto-exámen. Y si mediante ello consiguiese que una nueva Luz lo abrazase, vería nacer en su seno un Deseo hacia el querer profundizar aún más sobre sí mismo. Por tanto descubriría la existencia de una nueva naturaleza en su propio pensamiento, desde donde vería nacer en su interior una nueva condición relativa y correspondiente a sí mismo.

Se enciende así, en el Hombre del Torrente, un Deseo que lo proyecta hacia una nueva consciencia de ser y experimentarlo todo. Deseo que poco a poco lo consume por completo hasta verse renacido como un Hombre de Deseo.


Tomás
 

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