viernes, 9 de mayo de 2014

La Meditación en el Martinismo - Serie Breve 8



A veces asombra a algunos buscadores el hecho que parte importante de las líneas martinistas utilicen el recurso de la meditación como un medio de trabajo genuino. Probablemente esto suceda por variadas razones que, tanto tienden a tipificar ideas como a construir conceptos supuestos al respecto, y que no siempre concuerdan ni se ajustan al destino particularmente empleado.

Por otra parte, no suele ser común el asociar la vía cristiana con la meditación, y sí en cambio con la oración, en su orientación más generalizada.


Permítasenos entonces apuntar brevemente algunas ideas básicas a este respecto, intentando brindar un primer acercamiento a esta cuestión.

 
Ø Autoconocimiento: El martinismo emprende la búsqueda de conocerse a uno mismo. En tal sentido la meditación es utilizada para bucear hacia el centro de nuestro propio ser, tratando de llegar a descubrir la raíz de nuestra propia naturaleza y la de todas las cosas. 

Para ello partimos desde la idea basal por la cual sostenemos que verdaderamente nos desconocemos, y que nuestra primera misión debería ser la de comenzar a establecer los primeros vínculos que nos ayuden a delinear aquello que somos por sobre lo que no somos. Es decir: empezar a tomar consciencia de los primeros movimientos interiores que pueden ayudarnos a resolver de mejor manera las incógnitas de nuestras existencias.


Ø Contemplación: Al volcar la mirada dentro de uno mismo, provocamos además una búsqueda hacia los verdaderos motivos por los cuales actuamos, pensamos y reaccionamos. La reflexión sobre ello suele conducirnos a una comprensión distinta de la que usualmente concebimos en relación a nosotros mismos con todo lo demás.

Este mecanismo actúa como un atanor, u horno filosófico, en donde nuestra consciencia constantemente se disuelve y coagula de manera tal, que permite se nos quiten poco a poco las impurezas. Destilándosenos en una personalidad más refinada, capaz de sensibilizarnos con ideas más luminosas y con un orden superior de nuestra propia consciencia.


Ø Introspección: La búsqueda es clara y únicamente interna. Sin embargo, cuando el esfuerzo en nuestros trabajos logra cruzar, dificultosamente, la primer barrera (aquella de la racionalidad), uno se encuentra con un mundo propio colmado de imágenes, seres y cosas que, si bien forman parte de nuestra intimidad, no son en absoluto aquel “uno mismo” al cual deseamos llegar y conocer.

Tomar verdadera consciencia de este mundo intermediario, que habita entre lo más externo y lo más íntimo de nosotros, es de vital importancia. Ya que suele ser algo sumamente común el confundir esta vida astral o psíquica con el orden espiritual que aún yace desconocido, y al que nuestros deseos constantemente se dirigen.

De esta manera la meditación nos ayuda a ir develando las primeras necesidades básicas que la búsqueda espiritual requiere sean abordadas.


Conclusión

Entonces, de acuerdo a nuestros usos y propósitos, la meditación no logra resolver la verdadera Obra a la cual nos sentimos llamados a ser realizada -entiéndase la Reintegración-. Pero ella transita naturalmente por senderos que nos destinan adecuadamente hacia operaciones más elevadas, como lo es la oración, de la cual hablaremos próximamente.

Nótese así que para nada hemos mencionado el uso de la meditación con intenciones de autocontrol, relajación emocional y/o física, viajes astrales, u otras tantas cosas a las que usualmente es asociada. Esto es porque sencillamente no perseguimos tales fines, considerándolos secundarios y prescindibles a nuestra tarea primordial.

El reconocimiento de uno mismo resulta dificultoso ir llevándolo a cabo si, en vez de quebrar la ilusión que el ego construye en nosotros a cada momento, nos abocamos no solo a no penetrarlo, sino, peor aún, a alimentarlo.

Por último es preciso comentar también que la meditación que el martinismo propone, no acaba al momento de retirarnos de los lapsos de silencio y recogimiento al cual nos solemos entregar habitualmente, sino que continúan a todo momento, aunque de distinto modo.

El desarrollo de la toma de consciencia no opera intermitentemente, sino que lo hace lenta y constante sobre aquellos que se abocan con humildad al arduo trabajo de conocerse, a pesar que inicialmente ello no sea del todo percibido racionalmente.

Pero una vez quebrada la dura corteza racional que nos retiene inactivos, una nueva actividad viene a nacer en nosotros, ayudándonos a comprender de mejor manera aquella tarea a la que debemos adherirnos si deseamos verdaderamente conocernos a nosotros mismos. Sólo así conoceremos nuestra relación con Dios y el Universo.


Taborel


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